viernes, 25 de junio de 2010

Saramago: la partida de un humanista excepcional


















He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro".


viernes, 4 de junio de 2010

Anoche soñé con el fin del mundo

Fue tan vívido, tan dramático y tan emocionante al mismo tiempo que sólamente pudo haber sido un sueño concebido por mi mente. :)

Desde el preámbulo cuando junto con un grupo indeterminado de personas, con apremio estabamos siendo transportados en una especie de tren rápido al punto justo donde al parecer había sido acordado que esperaríamos el madr*azo, sorry, pero aun tengo algunos detalles atorados en mi mente y en este momento los regionalismos sencillamente me es imposible obviarlos. Pues así entonces, ibamos siendo transportados este grupo de personas indeterminadas y yo en un vehículo super rápido que dibujaba una trayectoria espectacular a lo largo de la orilla de quién sabe qué océano, y qué digo espectacular, las vistas de dicho viaje eran sencillamente para dejar a cualquiera sin aliento, pues no sólo se disfrutaba lo que hubiera sido un viaje normal a esa altura de la costa y a esa velocidad, sino que debido al cataclismo que en todo momento en mi sueño quedaba implícito, las olas eran sencillamente de otro mundo: gigantestas, bañándonos y envolviéndonos por completo en este tren que quién sabe por qué, era descapotable, y bueno, después de todo no se trataba más que de un sueño, ¿no? el caso es que todavía puedo medio saborear un poco el gusto salado de las olas gigantescas que una y otra vez nos embatían y engolfaban y diablos, igualmente recordar los cuerpos retorciéndose de las personas que en ellas eran revolcados sin piedad junto a los restos de casas y árboles y escombros varios de los que obviamente, no habían logrado ser transportados a observar el fin del mundo en vivo, en directo, y en pantalla ancha como los que en el tren con tanta excitación nos dirigíamos.

Siguiente escena, todos corriendo escoltados por personal de obvia apariencia oficial o gubernamental, y rápida y eficientemente, albergados en sendas salas/habitaciones que obviamente, para dicho propósito habían sido destinadas. Corte rápido a la siguiente escena, y todos medio recostados abrazados unos con otros, esperando con el corazón galopante el magnífico estallido, o bombazo, o quién sabe qué cara*jos, pero de que no iba a tener madre, a nadie le quedaba duda alguna. Viene sin embargo la escena más relevante, y es que el personal de apariencia oficial que nos había llevado hasta ahí, con gran diligencia instaban a las personas a rezar, e incluso de entre el grupo inmediato a mi, jalaban a las personas que lo desearan a otra habitación, donde al parecer, era donde estaban de acuerdo que sería más apropiado o "eficiente" hacerlo. Justo entonces, de entre el grupo indeterminado de mis acompañantes a ser pulverizados, se desprende la figura de mi hijo, de mi querido hijo de casi seis años, a quien hasta ese momento no lo había visto ni recordado en todo el sueño, y quien más derrotado -obvio- emocionalmente que yo y que otros que aunque excitados, con cierta serenidad aguantabamos el formidable y súbito final, era instado por las personas del gobierno a que rezara e incluso, que los acompañara a donde sea que estaban jalando de último momento a algunos. Y nos abrazabamos, y lloraba él, y yo le decía que lo quería, que lo adoraba, que era mi special little guy, y lo abrazaba de nuevo y lo apretaba y lo besaba y me parecían tan cortísimos los últimos segundos para decirle cuánto lo quería y cuánto internamente deseaba eximirlo de tan amargo trago... y es que aparte el no quería separarse de mi, y en respuesta a las personas que lo instaban a que los acompañara a rezar al cuarto aparte, el sólo decía, "no, no, no, yo aquí me quedo," y se agachaba y se apretujaba en un rincón de nuestra sala diciendo que ahí él podía aguantar y rezar y esperar y maldita sea, esperar la muerte junto con los otros. Increíble, según mi sueño a mi adorado hijo le quedaba más que claro no sólo que nos ibamos a morir, sino que nada había que pudiera hacerse para remediarlo. Viene entonces lo que no podía ser otra cosa que la cuenta regresiva, un segundo tras otro, en justa afinación para el momento último, sabiendo con certeza que iba a ser sumamente doloroso aunque al mismo tiempo, confortado por la idea igual que sólo sería por si acaso uno o dos segundos. Y luego mis pensamientos finales, que una vez apartada la mirada de mi hijo, se enfocaron en la Luna llena asomándose en un cielo semi vespertino, y cómo la misma se perdía repentinamente cuando todos eramos jalados hacía abajo con violencia, aniquilados en medio de los estertores en las entrañas y luego en la nada serena y absoluta de un planeta extra inconspicuo, que inexorablemente había alcanzado su destino cósmico...


miércoles, 26 de agosto de 2009

Perspectiva III

El otro día estuve reflexionando cómo hace apenas unas cuantas generaciones habría sido imposible imaginar tanto los fascinantes avances en la ciencia y la tecnología, así como la presente evolución ética y social que hoy día mayormente disfrutamos.

Claro, qué tanto algunas cosas son realmente mejores podría ser discutido ampliamente, pero mi interés en el asunto es cómo hubiera sido practicamente imposible imaginar entonces muchas cosas que hoy son una realidad plena y cotidiana y cómo a la vez, hoy día para la mayoría nos es practicamente imposible imaginar los avances tecnológicos y sociales que las futuras generaciones disfrutarán de aquí a 200 años. Esto asumiendo claro que la humanidad continuara avanzando al menos a marchas forzadas de aquí a entonces, y de nuevo, tomando en cuenta qué vendría significando "avanzar" para cada quien en realidad.

Pero intentando proyectar nuestra imaginación al máximo:

¿Es posible imaginar qué avances tecnológicos y sociales inéditos podría disfrutar la humanidad de aquí a 200 años?

martes, 10 de marzo de 2009

Todas las personas interesadas en que el camello pase por el ojo de la aguja...

...deben inscribir su nombre en la lista de patrocinadores del experimento Niklaus.

Desprendido de un grupo de sabios mortíferos, de esos que manipulan el uranio, el cobalto y el hidrógeno, Arpad Niklaus deriva sus investigaciones actuales a un fin caritativo y radicalmente humanitario: la salvación del alma de los ricos. Propone un plan científico para desintegrar un camello y hacerlo que pase en chorro de electrones por el ojo de una aguja. Un aparato receptor (muy semejante en principio a la pantalla de televisión) organizará los electrones en átomos, los átomos en moléculas y las moléculas en células, reconstruyendo inmediatamente el camello según su esquema primitivo. Niklaus ya logró cambiar de sitio, sin tocarla, una gota de agua pesada. También ha podido evaluar, hasta donde lo permite la discreción de la materia, la energía cuántica que dispara una pezuña de camello. Nos parece inútil abrumar aquí al lector con esa cifra astronómica.
La única dificultad seria en que tropieza el profesor Niklaus es la carencia de una planta atómica propia. Tales instalaciones, extensas como ciudades, son increíblemente caras. Pero un comité especial se ocupa ya en solventar el problema económico mediante una colecta universal. Las primeras aportaciones, todavía un poco tímidas, sirven para costear la edición de millares de folletos, bonos y prospectos explicativos, así como para asegurar al profesor Niklaus el modesto salario que le permite proseguir sus cálculos e investigaciones teóricas, en tanto se edifican los inmensos laboratorios.

En la hora presente, el comité sólo cuenta con el camello y la aguja. Como las sociedades protectoras de animales aprueban el proyecto, que es inofensivo y hasta saludable para cualquier camello (Niklaus habla de una probable regeneración de todas las células), los parques zoológicos del país han ofrecido una verdadera caravana. Nueva York no ha vacilado en exponer su famosísimo dromedario blanco.
Por lo que toca a la aguja, Arpad Niklaus se muestra muy orgulloso, y la considera piedra angular de la experiencia. No es una aguja cualquiera, sino un maravilloso objeto dado a luz por su laborioso talento. A primera vista podría ser confundida con una aguja común y corriente. La señora Niklaus, dando muestra de fino humor, se complace en zurcir con ella la ropa de su marido. Pero su valor es infinito. Está hecha de un portentoso metal todavía no clasificado, cuyo símbolo químico, apenas insinuado por Niklaus, parece dar a entender que se trata de un cuerpo compuesto exclusivamente de isótopos de níkel. Esta sustancia misteriosa ha dado mucho que pensar a los hombres de ciencia. No ha faltado quien sostenga la hipótesis risible de un osmio sintético o de un molibdeno aberrante, o quien se atreva a proclamar públicamente las palabras de un profesor envidioso que aseguró haber reconocido el metal de Niklaus bajo la forma de pequeñísimos grumos cristalinos enquistados en densas masas de siderita. Lo que se sabe a ciencia cierta es que la aguja de Niklaus puede resistir la fricción de un chorro de electrones a velocidad ultracósmica.
En una de esas explicaciones tan gratas a los abstrusos matemáticos, el profesor Niklaus compara el camello en tránsito con un hilo de araña. Nos dice que si aprovecháramos ese hilo para tejer una tela, nos haría falta todo el espacio sideral para extenderla, y que las estrellas visibles e invisibles quedarían allí prendidas como briznas de rocío. La madeja en cuestión mide millones de años luz, y Niklaus ofrece devanarla en unos tres quintos de segundo.

Como puede verse, el proyecto es del todo viable y hasta diríamos que peca de científico. Cuenta ya con la simpatía y el apoyo moral (todavía no confirmado oficialmente) de la Liga Interplanetaria que preside en Londres el eminente Olaf Stapledon.
En vista de la natural expectación y ansiedad que ha provocado en todas partes la oferta de Niklaus, el comité manifiesta un especial interés llamando la atención de todos los poderosos de la tierra, a fin de que no se dejen sorprender por los charlatanes que están pasando camellos muertos a través de sutiles orificios. Estos individuos, que no titubean en llamarse hombres de ciencia, son simples estafadores a caza de esperanzados incautos. Proceden de un modo sumamente vulgar, disolviendo el camello en soluciones cada vez más ligeras de ácido sulfúrico. Luego destilan el líquido por el ojo de la aguja, mediante una clepsidra de vapor, y creen haber realizado el milagro. Como puede verse, el experimento es inútil y de nada sirve financiarlo. El camello debe estar vivo antes y después del imposible traslado.
En vez de derretir toneladas de cirios y de gastar dinero en indescifrables obras de caridad, las personas interesadas en la vida eterna que posean un capital estorboso, deben patrocinar la desintegración del camello, que es científica, vistosa y en último término lucrativa. Hablar de generosidad en un caso semejante resulta del todo innecesario. Hay que cerrar los ojos y abrir la bolsa con amplitud, a sabiendas de que todos los gastos serán cubiertos a prorrata. El premio será igual para todos los contribuyentes: lo que urge es aproximar lo más que sea posible la fecha de entrega.

El monto del capital necesario no podrá ser conocido hasta el imprevisible final, y el profesor Niklaus, con toda honestidad, se niega a trabajar con un presupuesto que no sea fundamentalmente elástico. Los suscriptores deben cubrir con paciencia y durante años, sus cuotas de inversión. Hay necesidad de contratar millares de técnicos, gerentes y obreros. Deben fundarse subcomités regionales y nacionales. Y el estatuto de un colegio de sucesores del profesor Niklaus, no tan sólo debe ser previsto, sino presupuesto en detalle, ya que la tentativa puede extenderse razonablemente durante varias generaciones. A este respecto no está de más señalar la edad provecta del sabio Niklaus.
Como todos los propósitos humanos, el experimento Niklaus ofrece dos probables resultados: el fracaso y el éxito. Además de simplificar el problema de la salvación personal, el éxito de Niklaus convertirá a los empresarios de tan mística experiencia en accionistas de una fabulosa compañía de transportes. Será muy fácil desarrollar la desintegración de los seres humanos de un modo práctico y económico. Los hombres del mañana viajarán a través de grandes distancias, en un instante y sin peligro, disueltos en ráfagas electrónicas.

Pero la posibilidad de un fracaso es todavía más halagadora. Si Arpad Niklaus es un fabricante de quimeras y a su muerte le sigue toda una estirpe de impostores, su obra humanitaria no hará sino aumentar en grandeza, como una progresión geométrica, o como el tejido de pollo cultivado por Carrel. Nada impedirá que pase a la historia como el glorioso fundador de la desintegración universal de capitales. Y los ricos, empobrecidos en serie por las agotadoras inversiones, entrarán fácilmente al reino de los cielos por la puerta estrecha (el ojo de la aguja), aunque el camello no pase.


FIN